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lunes, 2 de julio de 2007

Sólo estamos ahí, en el silencio

Las palabras por fin dicen algo cuando se ven ridículas. Es apenas expresable lo que uno descubre cuando esas voces usadas acostumbradamente, pierden su fuerza enmascaradora. Vemos, de algún modo, que no somos la historia que contamos a diario, sino la historia que nunca hemos narrado. No es aquella que uno esconde, sino la que no se sabe. Sin embargo, quizá sólo lleguemos a ella tras haber hablado día y noche de uno mismo… Entonces llega el momento ciego, el quiebre de la trama, y nuestra verdad. Ahí la narración no puede continuar. Las palabras habían estado cortadas y adecuadas para llenar un espacio que ahora no les queda. Ahí estamos, tristes, queriendo explicarnos. Y de repente advertimos que no hay nombre para lo que sentimos, no hay culpa ni pecado, no hay mancha que esconder o señalar. Ahí estamos nosotros; único cada quién y sin nombre. Nuestra verdad resulta ser silencio.
El sonido de los dedos en la piel dice más que las explicaciones; el suave toque siempre será más claro que el diálogo. El ruido del “no” no viene de la palabra. La muerte, el alejarse, en fin, el “no” del cuerpo seguirá siendo el más vivo. Nuestra verdad es equívoca, tan equivoca como una caricia, como un apretón. Frente a esa significación silente, las palabras pierden fuerza todo el tiempo, se secan. Al contrario, la ambigüedad del presente corporal se mantiene en constante elocuencia.

viernes, 22 de junio de 2007

El juego


Entre las personas existen muchos juegos cuya naturaleza es fingir que esconden sus reglas. A estos pertenecen esas prácticas de consolarse mutuamente sin confesar la pena. Un beso y una tierna caricia se regalan sin intención aparente. Cada quien juega a ser un puerto donde el otro puede detenerse, y a su vez uno se detiene en ese otro que se acercó. A fin de cuentas todos somos botes que intentan ocultar que han llegado de lejos, poniendo cara de ser lugareños. Callamos en estos juegos el camino que nos arrojó ahí, pero tampoco preguntamos cómo es que el otro arribó al mismo lugar. Y sin embargo ambos saben que se oculta algo, que tras esa dulzona mentira se agacha para no ser vista la brújula del viaje, aquella que anuncia que sólo se está de paso. ¿Y si se prolonga la estancia? Más vale que los viajeros confiesen sus mentiras, aunque eso los haga soltar de nuevo las amarras. ¿Pero por qué si sabíamos que mentíamos no soportamos escuchar la verdad? Quizá sea también parte del juego.

viernes, 15 de junio de 2007

Símbolo

Los símbolos son un translúcido pudor: Vejarlos resulta siempre vergonzoso e incluso pecaminoso. No obstante, fracturarlos trae a su vez algo de sagrado completamente irrenunciable. ¿Acaso la profanación no es una resucitación de lo divino mediante la ira?

miércoles, 13 de junio de 2007

El Saturno de Goya

Una de las imágenes más sublimes del tiempo, y por ello esclarecedora, es el Saturno de Goya. Iracundo y casi bestial devora a sus hijos como el tiempo inmisericorde que es. Casi no parece un dios, casi es un animal cebado que no puede siquiera concentrar su mirada en la presa. Una mirada a la carne de sus hijos denostaría crueldad; una crueldad demasiado ruin que se reiría de la impotencia de sus víctimas. Pero mira la frente, al espectador, aunque con los ojos desorbitados, sin lograr fijarlos. Si lo hiciera, insinuando un particular desprecio… Tal vez entonces sería aún más monstruosa la imagen, pero quizá dejaría también de ser Saturno. Al final, lo único que puede tranquilizarnos frente a ese tiempo es que a todos nos llega igual, a todos nos come la carne desde dentro y desde fuera. El tiempo nos mira con la misma hambre a todos por igual. Sin embargo, es su mirada la que nosotros no podemos evitar. Perseguimos sus ojos a pesar del resto de la pintura. En eso está lo grandioso de la imagen. Nos advierte del terror al tiempo. Asimismo parece recomendarnos aprender a mirarlo, a escapar un poco de él. Pues si no lo conocemos, corremos el riesgo de dirigirnos sin respiro a las fauces de ese Saturno. Como escribió alguna vez M. Zambrano “Sólo sabiendo moverse en el tiempo podemos ser efectivamente libres…"

jueves, 7 de junio de 2007

¿Se piensa por amor?

Se piensa por amor al pensamiento mismo, pero seguro ése no es el origen del pensar. Creo que se piensa originalmente –como en las cartas de Séneca– por amor a alguien y, en algunos casos, a algo. El amante, entonces, siente una responsabilidad de hacer algo por aquél que le parece necesita su ayuda. Tal vez por eso se ha dicho también que se piensa por soberbia; por suponer de principio que en uno se encuentra la clave de la salvación del otro. Y qué mejor modo de entrar a la realidad del otro que mediante el pensamiento. Es el medio más sutil con que contamos los seres humanos. El pensamiento es un sinuoso vapor que nos damos a inhalar mutuamente para seducir a los demás, y hacerlos aceptar nuestra realidad y nuestra verdad. Esta cercanía del pensamiento con la dominación y con el afán de controlar las turbulencias de la alteridad hace de él una de las armas más peligrosas y multifacéticas.
Por eso no puedo dejar de sentir un cierto asco al escribir estas palabras, porque temo que tras ellas se esconda el deseo de adormecerte y hacerte volver a la transparente tranquilidad. Así que desconfía de mis palabras y desconfía de mí.

Yves Klein

Yves Klein
Para quienes han usado el "Moment mal!"